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Confesiones/crónicas de un internauta asombrado.

4. junio 2018 22:30
by Gunner
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Relato: El reloj de cuco.

4. junio 2018 22:30 by Gunner | 0 Comentarios

Acababa de tener una disputa doméstica. ¿Sabrán lo tensas que pueden llegar a ser, verdad?, mis muy considerados lectores. Cada uno tiene su válvula de escape para capear ese tipo de temporales. Yo... decidí apartarme dándome una baño relajante. Me puse la radio, llené la bañera con agua caliente y espumoso gel de aloe, y me abandoné a la espera de ir moderando paulatinamente mi nivel de estrés. Siempre intento pensar en algo bonito para combatir los momentos de frustración, y allí, sumergido en el vientre cálido de la bañera, recordé que un mes antes había realizado un maravilloso viaje a Marruecos llevado de la mano de un auténtico Caballero. Funcionó, claro que funcionó, poco a poco reconsideré la causa de la desavenencia rebajando su importancia y pensé: "joder, que complicado es esto, casi tanto como los engranajes de un reloj de..."

El resto... pasen y lean:

   

Era noche cerrada, ventosa, fría y húmeda.

El mar picado golpeaba con fuerza el muro de defensa del puerto de Asilah. La sal del mar flotaba en el aire y se pegaba a los restos de alumbre, con que un barbero local había cicatrizado las pequeñas heridas que me produjo mientras, con pulso irregular, cercenaba mi largamente cultivada barba, cristalizando bajo los poros de mi piel e irritándome los pequeños cortes realizados durante el afeitado.

En mis oídos aún resonaban los ecos de los cantos poéticos Malhoun que acababa de escuchar sentando discretamente en el patio del Café Zarirq, donde tuve la sensación de estar asistiendo a una ceremonia secreta donde antiguos señores árabes ensalzaban el valor de sus guerreros, la belleza de sus mujeres o la fé en sus creencias.

Veinte hombre modestos pero orgullosos, vestidos con coloridas chilabas, alrededor de una vieja mesilla baja alargada, pintada de color añil.

- Lalararara, lala, rara… pabum, pabum, traaam… ñeee, ñeeeisss, ñaaaa… pabumm, pam, paaam… sirrriiisss, sirriiiss, siiiaaaahh -

Uds, Neys, y Darbukas, envenenado mis oídos con sonidos llenos de magia y encantamientos. Si hubiese sido serpiente, con toda seguridad no hubiese podido evitar que mi cuerpo oscilase siseando acompasadamente al ritmo de esa embriagadora música que aquella noche ventosa aún arrastraba a mis oídos.

Esa misma mañana, merced a un simple afeitado, había pasado de ser un cansado nómada bereber de prominente barba, a un simple occidental merodeando solitario por las calles de Asilah.
Tras salir de la barbería, curioso, me adentré por una cercana calle, caminando a través puerta de ladrillo blanco coronada por un arco de piedra con aspecto de estar a punto de ceder. Lo hice atraído por el sonido del golpeteo de lo que parecía el un martillo de un herrero.

Soy relojero y arreglo cosas, y al llegar a la fuente del sonido - es curioso este relato va de relojes… y parece que está yendo de sonidos… ¿a donde me llevará este texto? - en lugar de un herrero golpeando un yunque - como supuse - para enderezar el forjado de una de esas rejas carceleras árabes tan típicas en la ciudad, encontré a un viejo de piel oscura y agrietada golpeando lo que parecía una rueda dentada doblada y deformada en uno de sus ejes. Junto a él, un reloj a medio reparar, un reloj de cuco suizo... un gastado y añejo reloj de cuco, arañado, sucio, una máquina sin vida, con un cuco sin vida y sin sonido. - ¿de nuevo, el sonido? -.

Miré al anciano, el anciano me miró, miré sus manos, el observó como me fijaba en el objeto que sujetaba, y sin mediar palabra me señaló, asiendo la deforme rueda dentada, al sombrío reloj.

No entendí lo que dijo, pero lo entendí perfectamente… “No funciona… la culpa es de este engranaje… Uno de sus brazos se ha roto y trato de enderezarlo”.

Es curiosa a veces la comunicación entre desconocidos. No deja de sorprenderme, como a veces una simple mirada y apenas un gesto, e incluso unas palabras indescifrables en otro idioma, en el contexto adecuado!!!… asombroso… los dos nos entendimos perfectamente.

No se nada de árabe, pero haciendo acopio el escaso francés que conocía le pregunté:

“Combien pour l'horloge cassée?”

Y el respondió:

“¡dix mille dirhams!”

Pensé que hacer; reflexioné, y en ello, intenté rascarme la barbilla buscando escuchar el típico “ras, ras, ras” que se producía al frotarme la barba con las yemas de los dedos, sin acordarme que ya había desaparecido. Estaba tan concentrado en lo que significaba para mi ese reloj, que olvidé completamente el resto de mi cuerpo.
Regateamos, como es obligado allí, y, acabe consiguiendo ese ajado reloj por apenas mil dirhams.

Siempre, desde pequeño tuve pasión por los relojes, ese rítmico, tic, tac, tic, tac – sonidos- . Esos intrincados mecanismos. El brillo de sus engranajes, la complejidad de su ingeniería, el apenas apreciable giro de sus mecanismos, la leve presión de sus muellecillos, la aparente lentitud de su movimiento… y el inexorable paso del tiempo, contado a ritmo de un suave y casi inaudible "tic, tac, tic, tac, tic, tac".

Todos los relojes son aparentemente iguales, varían en el detalle, el tamaño, el material, el cristal de la esfera, la longitud de las agujas, la precisión de su mecánica, etc. pero en esencia, todos hacen lo mismo: Medir como el tiempo nos alcanza, nos rodea y nos pasa de largo.
Pero de entre todos sus tipos, si hubiese tenido que decantarme por alguno, sin duda el cuco sería el rey de los relojes. No son una simple máquina, son eso y mucho más, son, casi una pequeña obra de arte. No me pregunten porqué, pero desde siempre, me derretía al ver como un pequeño pajarillo aparecía asombrosamente del oscuro interior de sus entrañas, cantándome con un corto mágico trino el sonoro paso del tiempo. Una y otra vez incansablemente, con la armonía de la eternidad – sonidos de nuevo-.
De pequeño me quedaba embobado, con miranda fija, la barbilla apoyada en la mesa y los ojos clavados en la puertecilla del cuco, esperando las horas muertas hasta escucharlo de nuevo. Poco a poco al hacerme mayor y posteriormente por conversaciones con otros maestros relojeros, comprobé que no había nada más mágico para nosotros que ese momento en el que calladamente observábamos cómo tímidamente el cuco asomaba la cabecita por la portezuela de su cubículo y, temeroso de que iba a encontrarse fuera, con valor y arrojo, salia al exterior y entonaba su obligado recital de eterna caducidad musical.

Bajé de las nubes, volvía a la tierra y llegué, por fin, helado y aterido a la habitación del riad donde me alojaba, pensando como camuflar mi calamitoso “ciento volando” para llevarlo a casa y convertirlo en un “pájaro en mano”.

Protegido y embalado en papel de periódico atado con un cordel de esparto, el paquete pasó la frontera de Ceuta como un vulgar sobrevenir de coleccionista sin más problemas. El guardia civil que lo examinó, a agitarlo escuchó el golpeteo de los engranajes sueltos – Crok, clink, chak, crick – sonidos y más sonidos – y pensó:

“Otro turista timado” – Si hubiese llegado a entender el valor que una ilusión es capaz de generar en un hombre apasionado, lo habría agitado con algo más de delicadeza.

Ya en Sevilla, en mi pequeño taller de relojería de la calle Jesús de las Tres Caídas, lo desempaqueté con cuidado, y dejándolo sobre la mesa de trabajo, lo examiné con detenimiento para establecer hasta que punto podría ser complicado repararlo.

Me pregunté: “¿Lo mantengo así, de muestra, en su estado actual como simple elemento de exposición?”

Para determinar la respuesta decidí iluminarlo con más claridad y encendí el flexo que había sobre la base giratoria donde lo había depositado. Lo giré a derecha e izquierda varias veces. Examiné su interior y el estado de sus engranajes con mis gafas de aumento de relojero. Sobre mi mano evalué el estado de la rueda dentada doblada…

- ¡Ufff, mucho trabajo sin dudad!. ¿Merecera la pena? -.

Arreglo cosas, arreglo almas rotas, ajusto corazones arrítmicos, devuelvo el alama a quien la ha perdido, y recordé que el alma de un reloj de cuco está en la vida de su cuco, y que aunque solo fuese para disfrutar de un instante de su música celestial, merecería la pena.

“Manos a la obra.” – Me dije.

Primero desmonté con exquisito cuidado los listones y tablillas que formaban la reseca caja de madera.
Quedó el esqueleto de metal desnudo, mostrando las intrincadas entrañas metálicas de su mecanismo. Fue hermoso observar como la desnudez de su alma mostraba el lado más humano del diseño de su cuerpo.

Apenas había arañado unos días de mi vida trabajando el dársela a aquella sofisticada pieza de artesanía.

- Tic, tac, tic, tac, TROK - "¿Porqué se bloquea, el mecanismo?" - Pensé.

Usando un aerógrafo de aire comprimido y soplando con suavidad una mezcla de grafito en polvo, limpié los restos de óxido que los años de plana quietud habían depositado sobre la piel de sus mecanismos. Poco a poco su cuerpo empezaba a resplandecer refulgente a la luz del flexo que lo iluminaba desde arriba.

Cambié el cuero cuarteado del fuelle del mecanismo que, con su vaivén, hacía ulular el mágico sonido de la dulce voz del cuco.

- Tic, tac, tic, tac,... TROK - "Soy capaz... puedo conseguir insuflarle aire".

Limpié con una gamuza jabonosa el cristal mineral y repinté de negro obsidiana la esfera del reloj, dejando bruñido los dígitos de cobre que marcarían el correr inexorable del tiempo.

- Tic, tac, tic, tac,... TROK - "Falla de nuevo, no pienso abandonar".

Finalmente usando un martillete de teflón, con delicadeza, golpeé hasta ajustar con el calibre el doblado engranaje de la corona que, por su giro de constante inercia, constituía el corazón del anima del pulso del reloj.

Semanas de trabajo…

Por último tras encajar el corazón en su cuerpo, lubricar el resorte de acero del muelle de carga en su barrilete brillante dorado, eché un último y casi erótico vistazo a lo que hasta hacia poco era una máquina de cuerpo inerte.

Concluí volviendo a vestir ese cuerpo desnudo con las vestiduras de su caja de madera, ya debidamente descascarillada, pulida, y barnizada para darle el esplendor de un vestido de gala.

Allí lucia en su expositor; esa hermosa dama de color caoba. Primorosa, bella por fuera, e inmaculada y brillantemente ajustada y afinada por dentro. No podía evitar sentirme orgulloso del trabajo realizado, del esfuerzo, del mimo y del cariño con el que le dediqué parte de mi tiempo para conseguir ese momento que tanto ansiaba ver; ese alma revivir, ese animalillo brincar de su oscuridad… ese trino surcar el aire. Casi parecía ansiosa de querer brindar su esencia a los ojos de quien le había devuelto su esplendor y al rítmico transcurrir del tiempo.

Di cuerda al reloj, y esperé pacientemente cuarenta y tres minutos, a que la aguja alcanzase la hora exacta…



Y “se hizo la luzzz”. Allí estaba... esa pequeña avecilla de claros ojillos de marfil blanco, aleteando, feliz, emitiendo su sonoro y placido “Cu, cu… Cu, cu… Cu, cuuu”. Impresionante, quéee sensación…

Se cerró la puertecilla de la casita del pajarillo… el tiempo se detuvo – ¡increíble!, el tiempo se detuvo… - y volví a mi infancia, a sentirme por un instante ese niño ilusionado, que por haber esperado pacientemente, había recibido ese ansiado regalo que tanto deseaba y que recompensaba a todos los que le rodeaban, con esa sonrisa de pureza indescriptible que solo los niños saben brindar.

Pasó el momento. Los engranajes del tiempo siguieron girando, me senté, relajado y satisfecho, estirando los brazos con las manos unidas tras la espalda, y me quedé allí en el taller, reclinado sobre el respaldo de mi viejo sillón, escuchando, fruto de mi esfuerzo, el mecánico rumor de los engranajes del reloj funcionar.

- Tic, Tac… Tic, Tac… Tic, Tac… Tic, Tac… -

El sonido de la vida, el de mi corazón al latir...

Dejé el tiempo correr, y ahora si, recuperada, volví a frotarme la barba – Ras, ras, ras -. Tengo que volver a afeitarme – Pensé -.

Fin.

   

Días más tarde, en una cena improvisada en casa de un conocido, surgió entretener a sus hijos relatándoles historias... casi todas algún cuento conocido. Yo en cambio dije:

- "Os voy a contar uno que me he inventado".

Conociéndome, el anfitrión preguntó:

- "¿Qué, es autobiográfico?" - No respondí.

Les esbocé el relato. Al terminar pensativos, sus hijos me preguntaron qué significaba el cuento, y les dije:

- "Pues muy sencillo, para mí el cuento del relojero y el cuco es como la vida y el amor. Al imaginarlo pensé en las relaciones de pareja y como trabaja uno para mantenerlas a flote. Llegan a veces casi por azar, las haces tuyas, parte de ti, consideras el esfuerzo que te supondrán, y... trabajas duro, muy duro, para conseguir esa felicidad que te dan los pocos momentos de ternura que vives junto a ella... ¡Vamos, como el relojero cuando por fin escucha en cuco cantar!".

El anfitrión, se calló hizo un ceñudo gesto de aprobación y reflexión, y dijo: "Eso tengo que verlo escrito"... (suelo cumplir lo que prometo, puede que tarde... pero suelo hacerlo)

¿Que opinan?... Venga, opinen, protesten, ríanse, lloren, pero hagan algo!!!

Un saludo, Damas y/o Caballeros.

P.d.: Dedicado, al árabe caballero, el anfitrión de la cena y, como no, a la Dama de la disputa. Fotografía cortesía de J. Guslab Relojeros.  Y como siempre, votos (abajo, pulsando sobre las estrellitas) y comentarios pulsando en el enlace a la izquierda del título, gracias.

Surprised

27. noviembre 2017 15:05
by Gunner
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Relato: Tunez, de promesas y Lecciones.

27. noviembre 2017 15:05 by Gunner | 0 Comentarios

Acabo de llegar de un nuevo viaje, esta vez a Túnez. Mi intención era descansaaarrr, nada de excursiones, nada de estrés, nada de prisas, nada de tecnología, solo pulserita “todo incluido”, playita y buenas vistas. De verdad, créanme, necesitaba desconectar, pero algunas circunstancias suelen dar al traste con tus planes. En este caso esa circunstancia se llamaba… - bueno… su nombre… eso pertenece a mi intimidad -. Gracias a él descubrí un país que lo ha pasado mal pero que poco a poco va recuperándose, para disfrute de todos los viajeros y nómadas, que, como ustedes, tienen a bien leerme de nuevo.

Espero que el relato que les presento en esta ocasión - pura ficción - les asuste o les atraiga, pero que al menos les enseñe y les haga descubrir algo que les impulse viajar a ese país en el que el desierto y la naturaleza lo llena todo de una arena tan fina que desliza por la piel como la seda lo hace sobre el rostro de sus bellas mujeres. Un país lleno de gente amable y bellos oasis en mitad de ninguna parte.

Pasen y lean si les apetece:

Promesas y Lecciones:

   

Tenía trece años la primera vez que vi a Ahmed Natseh, “Audi” para los clientes, un pequeño guiá beréber local que, como tantos, acosaba insistentemente a los turistas ofreciendo sus servicios a la menor oportunidad al viajero incauto. Vestía unos tristes pantalones raídos y camiseta de un equipo de fútbol europeo. Era de tez morena, ojos color marrón de mirada vívida, enjuto pero de carnes fuertes y apretadas, pelo corto, sucio y desordenado, de sonrisa fiel y mente rápida como los rayos del sol que nos abrasaban.

- ¿Y porqué te llamas “Audi”? - Le pregunté, suponiendo que era un gran aficionado a los coches occidentales.
- Todos tenemos un nombre parecido, elegimos uno y lo usamos para que nos identifiquéis... Aquel chico de allí, Anwar, se hace llamar “Opel”, a aquel hombre alto, Taymullah, lo conocen por “IBM”... y así casi todos. Nuestros nombres en árabe son difíciles de pronunciar para vosotros, os resulta más fácil recordarnos así.

Lo miré sorprendido – ¡como se manejan estos chicos con los idiomas! – pensé – estoy seguro que si en vez de español hubiese sido alemán, americano, ó francés, me habría entendido igualmente y habría respondido con la misma facilidad sin inmutarse.

Casualidades... y como me hizo gracia su hábil respuesta, sonriendo chamullando su nombre en árabe le dije:

- ¿Sabes que tengo alquilado un Audi en el hotel, “Ajmid”? Si nos ayudas a llegar a unas ruinas a las que queremos ir, cuando terminemos la excursión y volvamos al hotel ademas de tu tarifa, si te apetece, te dejaré conducir un rato el coche. ¿vale?

Le enseñé la instantánea que había tomado unas horas antes en el museo arqueológico de la ciudad. Visitando una de las salas, vi colgado en una de sus paredes una inmensa fotografía de un antiguo palacete imperial que, según el pequeño rotulo informativo que lo acompañaba, se encontraba apenas a 30 kilómetros de la ciudad.

- Precioso – valoré entonces – Que lástima que no esté en el circuito de nuestro recorrido… ¿Y porqué no? – me dije ahora – quizá este chico tan espabilado sepa llevarnos allí...
- Lo reconoció al instante.
- Prometido – Insistí.

Su cara se iluminó, apreciando que a pesar de que los turistas solían limitarse ha hacer uso de sus servicios de guía manera bastante ingrata, todavía quedaba alguno con un mínimo de cortesía hacia ellos. Llevaba años tratando con los extranjeros descarriados que se aventuraban a visitar los restos del Palacio del Rey Negro, un lugar al borde del desierto fuera de la los circuitos habituales, debido ello a que la carretera de acceso atravesaba los barrios más desfavorecidos de la ciudad y el camino que llevaba al recinto serpenteaba estrecha y dificultosamente por resecas laderas de colinas bastante apartadas de la civilización, dificultando el acceso a los abarrotados autobuses que comúnmente empleaban la compañías turísticas; siempre iban a lo fácil para minimizar riesgos y maximizar beneficios.

Intercambiamos un cabeceo de aprobación y nos reímos con complicidad mientras los demás miembros del grupo nos miraban, con caras de extrañados, pensando - ¿De que se reirían estos?

El chico cumplió, nos localizó un taxista de minibus para las 6 personas que formábamos el grupo, y tras negociar astutamente el importe de la ruta de ida y vuelta, en apenas una hora estábamos a las puertas del recinto donde se ubicaba el palacio.

Nos agachamos y me dibujó con sus largos dedos tostados, en la suave arena, la forma que tenía el edificio antes de que el antiguo ejercito de ocupación lo terminara de destrozar con la excusa de que ofendía al islam.

- Era así... alto, cuadrado, formado por grandes sillares de piedra de las canteras cercanas, altas columnas romanas de una sola pieza, – Mientras trazaba las formas levantaba una pequeña nube de polvo – austero por fuera, pero dentro la decoración era una explosión de frescos policromados y textos latinos labrados en las paredes realizados con la maestría de los mejores artesanos y calígrafos de la época en que se construyó. Creo que griega o romana.

Nos incorporamos. Mientras nos acompañaba dando un paseo alrededor de las ruinas, charlamos un poco.

- A juzgar por los restos que quedan y por lo que nos cuentas, debió ser un edificio magnífico, ¿no?
- Si, lo fue, incluso aún conservaba, lleno y en perfecto estado de uso, el aljibe interior de mármol donde decían que su preferida, danzaba y se bañaba desnuda para deleite del emir. Las leyendas afirman que estuvo muy enamorado de su esclava.
- ¿Y que pasó pues?
- Lo fueron expoliando salvajemente, para venderlo y recaudar fondos con los que financiar su estado y su ejército… Aún de vez en cuando alguno se acerca a ver si quedan restos dignos de ser vendidos en el mercado negro.
- Oh, ¡cuanto lo siento! - exclamé, viendo como bajaba a cabeza, apenado por la tropelía perpetrada en nombre de su religión.
- Era nuestro, un auténtico tesoro, y no pudimos hacer nada por impedirlo, ellos tenían sus motivos y nosotros preferimos no tentar la suerte de intentar evitarlo.

Tras rodearlo por última vez y sacar algunas fotos de recuerdo nos dispusimos a marcharnos de vuelta al hotel. Era para nosotros difícil de soportar, y sudábamos bajo un sol abrasador, que nos obligaba a cobijarnos a la sombra de las palmeras y olivos que quedaban en lo que debía haber sido el jardín del palacio.

Llegando al minibus, pasamos junto a una destartalada casucha que hacía las veces de puesto de souvenirs y refrescos para los pocos turistas que las visitaban. Viéndonos francamente acalorados, Ahmed se apiadó de nosotros, nos condujo al puesto y preguntó si queríamos algo para refrescarnos - No se lo pensó, sabía que le agradeceríamos algo de líquido para reponernos de la sudadada.

Se acercó a la mujer que atendía y mantuvo una breve diálogo en árabe con ella, que finalmente escondida tras su jihab nos entregó 5 botellas de agua. Las despachamos con avidez.

Satisfecha nuestra sed le pregunté a “Audi”:

- ¿Cuanto le debemos a la señora debemos por el agua?
- Nada, ya está todo arreglado.
-Pero…
- Nada... algo ha visto en ustedes. La señora dice que “Alá siempre ayuda a quien se lo merece”, así que está todo resuelto.

La miré, contemplé sus cansados ojos verdes, - la zona, ruta de tránsito de antiguas rutas comerciales fue recorrida por mercaderes y nómadas de diversas civilizaciones por lo que supuse que debía tener algún antiguo ascendente griego en su genealogía, pues normalmente en ese país predominaban las mujeres de perfilados, seductores e insondables ojos castaños - y llevando la mano al pecho le agradecí la consideración inclinando ligeramente el torso hacia adelante.

Me devolvió cortésmente el saludo e indicándome, con su mano extendida por encima de mi hombro, que mira hacia atrás, me hizo notar que alguien que se acercaba bajando por el camino.

Se trataba de joven vestido con ropa de corte militar, barba corta prominente y turbante color negro, montado sobre una de esas típicas ruidosas e incombustible motos de procedencia coreana tan comunes en los países árabes. Llevaba encintada al pecho un viejo fusíl AK-47 con aspecto de haber vivido mejores días...

- Ciertamente tiene un aspecto aguerrido - Observé.

Uno de los turistas del grupo, un señor rechoncho de pelo canoso, con pantalones de golf a cuadros, polo de rosa pálido y chanclas de cuero relucientes, sacó, con intención de grabarlo, de su mochila la pequeña cámara de video, con la que había estado machacándonos presuntuosamente por su resolución, prestaciones y exitoso regateo para compra durante todo el circuito por el país.

El joven al verlo pareció molestarse y detuvo la moto, se bajó lentamente de ella, nos encañonó con el AK-47 e imitando con los brazos el retroceso del arma, simuló nuestro ametrallamiento gritando un sonoro “ratatatata” con la boca, haciendo el finalmente el ademan de soplar, como un vaquero, sobre la boca del cañón “humeante”.

Algunos de los nosotros permanecimos incrédulos e inmóviles, otros llegaron a tirarse al suelo para evitar ser alcanzados en el tiroteo…. Ciertamente patético, unos asustados, otros por el suelo y algún que otro pantalón mojado - Menuda panda de turistas asustados pensaría.

El joven musulmán volvió lentamente a subirse en la motocicleta, y sin darnos la espalda, arrancó y se marchó con gesto burlón, seguro de habernos perdonado la vida.

“Audi” se apresuro a ayudar y calmar a los más afectados por el incidente y pronto estábamos en el minibus camino de vuelta a la ciudad.

Le pregunté: - ¿Que sucedió antes, con ese joven militar, Ahmed?

- Llevamos siglos defendiéndonos de ataques, conquistas, conquistadores, sectas y religiones, lo llevamos en la sangre y llevamos haciéndolo desde antes incluso que las religiones existiesen, pero sabemos distinguir lo bueno de lo malo, y sobre todo sabemos defendernos.
- Y vosotros, los occidentales, venís la mayoría a disfrutar de vuestro dinero y presumir de vuestra tecnología, sin daros cuenta que aquí la gente, nuestra gente, sufre y vive una vida real, de penurias y llena de carencias… y eso no nos gusta a muchos.
- Pero nosotros solo venimos a admirar vuestro arte, vuestro pasado, vuestra historia. - Alegué.
- Vosotros… ¿Ese gordo casposo, presumido e indecente solo quería llevarse a su país la imagen de una fiero soldado Muyahidin para presumir delante de sus colegas. ¿Crees que eso es nuestra historia, nuestra cultura? - Preguntó ofendido.

Al escucharlo dejé de verlo como al chavalin que tenía delante y por un momento me pareció ver a un viejo combatiente, cansado de la guerra. Ciertamente en sus condiciones, hasta los más pequeños maduran y envejecen a una velocidad asombrosa.

- ¿Y si por casualidad esas imágenes llegan a las televisiones?… ¿Cómo crees que las interpretarían? Estoy seguro que sabes cómo llegan a manipular la información, ¿os fiáis ciegamente de ellos?… ¿Cómo son capaces de montarla para que parezca el terrorista más sanguinario?
- Hace tiempo que nuestros mayores dejaron de creeros y confiar en vosotros. Ni nos gusta, ni nos va a gustar nunca – Sentenció.

Me quedé callado, sin palabras, y pensando en cuantas veces prejuzgamos a las personas por lo que otros opinan de ellas, o cómo los medios quieren que opinemos de ellas y no por como realmente son. Resulta fácil dejarse llevar por las opiniones de los demás. Pero a veces alguien te da una bofetada y te dice “despierta, que la vida no es una película”.

¡Pero que sea un niño!… me miraba y me hablaba – Es curioso como recuerdo su mirada… cambió como de la noche al día, apretaba los labios y tensaba el ceño cuando enfatizaba acerca de las contradicciones de occidente – pero… era un niño...

Finalmente me guiñó un ojo como para decirme – tranquilo, está todo controlado, tendríais que haberos visto las caras… ja, ja, jaaa... – y nos marchamos.

Llegando al hotel, mientras gesticulaba con la mano despidiéndose de nosotros me dijo:

- Si regresas alguna vez, acuérdate, pregunta por “Audi”, ¡yo nunca olvido una cara! - y se alejó recordándome con mirada ilusionada mi promesa de dejarle conducir el coche.

- … Incluso en un momento dado tuve la intención de cumplir lo que le prometí.

Ahora, años después, desde la comodidad de mi sofá, cuando veo en televisión documentales sobre la Yihad, allí está él. Sobre el trasfondo de duras imágenes, en un recuadro en la esquina superior de la pantalla con su nombre escrito en árabe y subtítulos en castellano alzándose como una de las pocas voces que defienden la interpretación moderada del Corán. Ha madurado sin duda, veo - eso sí - el cansancio en sus ojos, la fatiga de la lucha y la experiencia en las arrugas de su piel, pero al cerrar los ojos y pensar en aquellos días, sigo viendo a ese chico de trece años que me dio una sabia lección, usando la palabra en lugar de las armas.

Fin.

   

Es curioso, amig@s, siempre que viajo llego con ganas de retener todo lo que he visto y vivido, pero solo algunas veces y la intensidad algunas emociones y anécdotas hacen que me atreva a escribirlas y compartirlas con ustedes. Viajen… no paren de viajar… y de camino compártanlo con nosotros.

Un saludo, Damas y/o Caballeros!!!


P.d.: Definitivamente tengo que viajar más, tengo que escribir más!!! Y como siempre, votos y comentarios pulsando en los enlaces anexos, gracias.

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